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Un mundo implacable

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“Network, un mundo implacable” reunía a Peter Finch, impagable en el papel de un excéntrico gurú-predicador-televisivo, y a Sidney Lumet tras la cámara. Esto sucedía tres décadas antes de rodar “Before the devil knows you’re dead”. A día de hoy, seguimos viviendo en un mundo implacable gobernado por el mismo diablo de entonces.

Network

Fotograma de la película “Network”, dirigida por Sidney Lumet.

Sidney Lumet, claro exponente de la reivindicable Generación de la Televisión, ha tratado una y mil veces de despertar a la sociedad, sin dar lecciones, invitando a la reflexión, mezclando entretenimiento y pensamiento, mejorando el mundo desde el cine. Algo que decimos echar de menos en la actualidad. Pero, ¿es eso cierto?

El cine, como el mundo, ha cambiado muy deprisa, pero a menudo se tiene la sensación que ha dejado de agitar conciencias cuando más falta hace. Los hipsters del mundo parecen abanderados del Maccarthysmo más cruel, el cine político es un “Blacklisted” y la sombra del pesimismo todo lo cubre; pero, como nos recomendaría David Lynch, rasquemos en la superficie. ¡Atrevámonos a rascar!

¿Qué nos ofrece el panorama del cine político reciente? ¿Es George Clooney el heredero de Costa-Gavras? El “Lincoln” de Spielberg aburre con una sólida propuesta y la patética “Argo” se disfraza de cine político, aunque hasta el más dócil e inocente espectador sabrá detectar semejante despropósito. Todo parece ir de mal en peor y entonces vuelve a sonar eso de ”Antes si que se hacía buen cine”, “Ahora todo es marketing, efectos especiales y 3D” o “En los 60 y 70 había películas mejores”. Las frases manidas que escuchamos a la salida del cine.

Pero si nos detenemos un segundo, miramos a nuestro alrededor y respondemos sinceramente, quizás lo que ha cambiado sea la manera de ver cine, la figura del espectador, el ritual de la sala oscura. Quizás el cine requiere el esfuerzo del espectador, un espectador que ha sido reeducado por la MTV, domesticado por delincuentes camuflados de políticos y absorbido por el mundo virtual. Superada la Postmodernidad, cabe preguntarse dónde estamos, dónde se esconden los héroes, qué mueve a la sociedad, ¿hay más ficción en los políticos o más política en el cine?

Aunque parezca increíble la segunda, porque política es atreverse a pensar, a proponer, a reflexionar, en soledad, en pareja, colectivamente; política es sufrir, preocuparse por el mundo, por nuestros amigos, por nuestros iguales. Esta idea no escapa a pequeños pensadores, que a menudo pasan desapercibidos, quedan noqueados por el marketing de las Majors, defensoras de un capitalismo caduco, agonizante y sofocante. Hablamos de los Cantet, Kaurismaki, Panahi o el eterno Godard. Siempre dispuestos a proponer discursos, a veces imposibles, a veces intangibles, a menudo incomprensibles o demasiado sofisticados, pero siempre necesarios.

Pero si rebasamos la tediosa y deteriorada barrera de la cinefilia, del cine de autor, de las portadas de Cahiers du Cinema y del esnobismo vergonzante, seremos capaces de descubrir política en “Batman, el Caballero Oscuro” de Cristopher Nolan, en la “Infiltrados” de Scorsese, hasta en “La red social” de Fincher, o la reivindicable “Zero Dark Thirty” de Kathryn Bigelow. También son cine político, muy político.

¿Acaso no encarnan Jack Nicholson y Matt Damon los males de la sociedad occidental? ¿No es una brillante metáfora poner al Joker a sembrar el caos y el terror en una Gotham City muy parecida al Nueva York post 11-S? Por no hablar de Paul Thomas Anderson y sus “Pozos de ambición” o “The Master”. Seguramente, la política, el cine y la vida se mezclan de forma tan intensa que es difícil delimitar cada una, pero si nos atrevemos a mirar, disfrutaremos de imágenes secretas, de ideas, de los mensajes que esconde cada película.

The Master

Fotograma de la película “The Master”, dirigida por Paul Thomas Anderson.

Hoy, como siempre, el cine político está muy vivo. Es valiente, comprometido, ha mejorado. Ya no es tan inocente, ni obvio. Es mucho más sofisticado y sugerente. Solo hay que prestar atención y abrir bien los ojos, antes que el diablo sepa que has muerto.

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