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Por amor al arte

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Se puede medir la atención que los gobiernos prestan a cada área de la gestión pública a través de los rótulos de los ministerios. Hay algunos de quita y pon. El de la vivienda aparece y desaparece. Igual suerte ha corrido el de la mujer. En momentos de crisis, los ministerios se agrupan y encogen. En tiempos de bonanza, florecen por doquier.

Podemos anticiparnos al pensamiento de un nuevo presidente que comprime en una sola cartera la cultura, la educación y el deporte. Dígase El Prado, La Complutense y el Santiago Bernabéu en carpetas idénticas sobre el mismo escritorio. Más todavía si el perfil seleccionado para lidiar con todo esto viene de forjarse en derecho, sociología política y análisis de audiencias.

La gestión cultural hace mucho que se calibra en rendimiento de masas. Hace dos décadas que los grandes museos cambiaron sus directores por gerentes de empresa. El rasero del éxito se ha aplicado a la cultura, en forma de número de visitas y dividendos. Esto se ha generalizado en todas direcciones, desde las televisiones hasta los festivales, ya sean de cine, teatro o música. La gestión cultural es programada para lograr objetivos y rendimientos inmediatos.

No podemos desligar cultura y política. Es habitual la renovación de altos cargos de las instituciones culturales tras las elecciones y que los ganadores pongan a gente de confianza al frente de esos despachos. También es costumbre hacer borrón y cuenta nueva sobre los proyectos en marcha de sus antecesores. Las legislaturas de 4 años marcan el espacio disponible para ver productividad. Se ha institucionalizado un corto recorrido en el que no hay sitio para proyectos a largo plazo. Ya no se plantea su impacto en generaciones enteras.

En el fondo, la cultura no es considerada un bien estratégico. Pese a su impacto en la economía, no es percibida como un recurso natural o una industria relevante. En épocas de recortes, es la primera víctima del hambre. Una cultura saludable produce riqueza social de valores, civismo, actitudes progresistas, estimula la visión crítica y ayuda a las personas a pensar por sí mismas. En regímenes autoritarios se opta siempre por una cultura intervenida, vehículo de la propaganda, el folklore, las tradiciones y la actitud paternalista del Estado.

El recorte en la financiación de la cultura no significa que nos quedemos sin exposiciones, sin bibliotecas, sin teatro, sin conciertos, sin cine. Significa que perderemos variedad y riqueza, porque el dinero se centrará en sufragar las muestras más populistas, más dóciles y más rentables. Los artistas del régimen seguirán con sus carreras, y los demás pasarán a un plano marginal. Es un proceso de desactivación de la masa crítica, que silencia toda voz potencialmente subversiva. El castigo a la insurgencia está implícito en todos esos artistas que tendrán que dedicarse a otra cosa para vivir, a los que no les quedará tiempo para crear nada comprometido que incomode a los gobernantes.

Al contemplarse todo lo cultural como algo superfluo, se perfila la imagen de una actividad subsidiaria, desempeñada por profesionales que no saben hacer otra cosa que vivir del cuento. Si estos, además, fomentan una actitud insurgente, se completará el círculo que los proscribe como alborotadores e ingratos. El gobierno difícilmente fomentará una cultura que le lleve la contraria, o que estimule ponerlo en tela de juicio. Carece de amplitud de miras y sentido del humor. Observará con lupa las ayudas al sector y mandará a los artistas y promotores díscolos a que se busquen la vida.

Es precisamente esto lo que está ocurriendo. Los artistas y promotores, los agentes activos de la cultura, se están buscando la vida. Están optando por proyectos low cost que se resuelvan con pocos medios, o están promoviendo iniciativas de crowdfunding que financien sus ideas, vinculando a su público como un accionariado. No dejan de trabajar, adaptándose a la reducción de formatos y a la precariedad. No dejan de hacerlo porque la cultura tiene, como la medicina o la docencia, una elevada dosis vocacional. La cultura es vivida desde dentro como un servicio, una entrega a la sociedad que la enriquece y la mejora. Algo a lo que no pueden renunciar las comunidades civilizadas. Haya dinero o no, esta labor será desempeñada igualmente. Por amor al arte.

riñon, una imagen de gonzalo cervello

“Riñón”, una imagen de Gonzalo Cervelló.

Las personas creativas son versátiles. No se están quietas cuando el contexto económico se endurece. Ponen en práctica su inventiva en nuevas aplicaciones. Podemos pensar que la limitación de recursos merma la calidad de sus producciones, pero esto no es necesariamente cierto. La pobreza de medios es una purga que saca del circuito la ostentación, la megalomanía y el esnobismo, en beneficio de la honestidad más modesta. La cultura de calidad debe ser siempre realista y mostrarse sensible con el entorno en el que se produce. Si vivimos un momento de austeridad, la cultura deberá ser sobria.

Asistimos a una transformación. Lo cultural está reduciéndose, soltando lastre, concentrándose. Ha pasado de las superproducciones a las micro producciones. Esta dieta hipocalórica no tiene por qué irle mal. Ha ganado poder de impregnación en la sociedad, de infiltrarse en la vida. Los micro formatos le permiten introducirse por conductos más estrechos. Estamos pasando de la solemnidad de los auditorios y los museos a la inmediatez de la calle, de las comunidades, de Internet. La crisis es una prueba de fuego para su capacidad de adaptación. Los creadores, eso sí, vivirán al día, como cualquier hijo de vecino. Esto es una industria en reconversión y estos son sus obreros en lucha.

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