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La felicidad es el final de Pretty Woman

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A la pregunta sobre qué era la felicidad, un buen amigo me contestó que la felicidad era el final de “Pretty Woman”. Difícil pues, para la gran mayoría de nosotros, pensé. A la Ópera y al ramo de rosas todos, o casi todos, llegamos, pero a la limusina y al hombre rico (y guapo)… En toda nuestra vida no dejamos de recibir mensajes con ideales que solo nos aseguran la insatisfacción de no haber conseguido lo que se supone que mide nuestro triunfo, y por lo tanto,nuestra felicidad. Como diría otro buen amigo, ni rastro de la casa con piscina, los dos hijos y el perro. Esos medidores saben mejor que tú si eres o no feliz, si has alcanzado la meta que te coronará, como uno más, dentro de una carrera con el único final de tu contribución económica al mantenimiento del sistema de la frustración. No pares, sigue, sigue hasta que no te quede aliento, siempre insatisfecho.

¿Por qué Vivian Ward no disfrutaba simplemente de esa semana de excesos en la suite de un hotel? ¿Por qué buscaba-sufría la materialización del cuento de hadas? ¿Por qué no darle mayor importancia al valor experiencial que al material? De esto es de lo que os quiero hablar, del valor de la experiencia. Esto no es un texto de autoayuda, ni una crítica del cine de los 90.

Emma Roberts (imagen de archivo prensa rosa).

Emma Roberts (imagen de archivo prensa rosa).

Atrás queda la era de los servicios. Nos encontramos ahora en la era del proceso. La cultura, el ser humano, los objetos, los sistemas de gobierno y de producción, la arquitectura o cualquier forma de creación, incluso el marketing, deben ser entendidos como un proceso. El producto es caduco mientras que el proceso se puede considerar infinito. Todos los sectores de la creación están migrando hacia esta forma de entender el trabajo. Un ejemplo muy claro es el concepto del software libre donde todo el mundo puede copiar, modificar o mejorar un hipotético original. Un producto para el bien común, no cerrado, en constante evolución y adaptación. Aquí, el concepto frustración personal queda diluído hasta su desaparición.

El cine o la música han dejado de ser una cosa cerrada y secreta con día de estreno, para pasar a ser un producto de contribución comunitaria gracias a los sistemas de micro mecenazgo Crowfunding, con subproductos que a menudo son más populares que el objeto final en sí. Los eventos han dejado de ser exclusivamente presenciales y finitos, mediante el uso de herramientas como el streaming, que posibilitan la multidifusión y la redifusión de acciones en un sitio y un momento concretos. Ejemplo de ello es el movimiento Boiler Room, iniciado hace poco más de tres años en Londres, cuando a alguien se le ocurrió retransmitir actuaciones/sesiones dj en internet (desde un bar, desde el salón de la casa de una prima, o desde donde sea). Hoy esta iniciativa ha llegado a todo el mundo consiguiendo que muchos de los mejores músicos del momento participen en ellas. Captcha, por si os interesa, es una gran iniciativa a menor escala en nuestro país.

Ahora bien, el paradigma de aprovechar los paseos por Rodeo Drive, los procesos e incluso el fracaso, lo constituye a principios de este siglo -qué lejos parece eso- OMA. Este estudio de arquitectura alemán se da cuenta de que el 80% de sus proyectos no llegaban a ver la luz, es decir, fracasaban en su objetivo, a pesar de haber invertido en ellos mucho esfuerzo, pero (y aquí viene el tema) llevaban intrínsecas brillantes ideas y potentes líneas de pensamiento que abrían nuevos campos de trabajo. Así aparece AMO en escena, un estudio paralelo donde rentabilizar esos esfuerzos y hallazgos que no generaban el producto pero que eran una fuente de conocimiento demasiado valiosa como para considerarla un fracaso. AMO basa todos sus esfuerzos en la fructificación de nuevas ideas durante los procesos de creación, sin someterse al imperativo de que hay que producir algo, difundiendo después todas sus investigaciones a través de conferencias, publicaciones, workshops, etc, etc, etc.

Con ese planazo consiguió atraer la atención de grandes marcas que decidieron contratar sus servicios para procesos de investigación y experimentación (tanto dentro como fuera del campo de la arquitectura). La cosa no podía pintar mejor. Dado que esta organización no estaba basada en el producto final, los creativos tenían menor presión comercial, pudiendo investigar sin someterse a los caprichos del cliente. Y así es, más o menos, como cenicienta consiguió volver a dar valor al fracaso y a los procesos no materializados, yevándose de paso al príncipe al huerto.

Concluyo esta reflexión sobre el valor de la experiencia, tremendamente útil para enfrentarse a cuentos de mujeres altas y hombres ricos, dedicando a los escépticos que aun se sientan inseguros ante el fracaso una pequeña enumeración de palabras: penicilina, microondas, lubricante íntimo, Super Glue, rayos X, sacarina, LSD, Viagra, post-its, Coca Cola, velcro, patatas chips, marcapasos, neumáticos… todas ellas corresponden a valiosísimos inventos de hoy en día, encontrados en medio de procesos teóricamente fracasados.

¡Feliz proceso y feliz fracaso!

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