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Espacio público ideal, igualdad real

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En las guías turísticas se suele describir el centro urbano de las ciudades como el paradigma del espacio público. Con epítetos recurrentes como el territorio común, crisol de culturas o variopinto, se reproduce un eslogan extendido pero falso en la práctica. ¿Cómo puede decirse que nos pertenece a todos si no acordamos socialmente el uso que damos a las calles, las plazas o los parques? Las normas o la gestión de la ciudad las deciden otros, sin embargo ¿se podrá llegar a materializar alguna vez ese espacio público ideal?

Espacio público, la calle, es por antonomasia el lugar que se opone al espacio privado; debería ser propiedad de todos, el territorio donde cualquiera pueda estar y transitar libremente. Cambiante y múltiple, en contraposición a lo estático y homogéneo que es la casa particular.

Pero como salta a la vista, en nuestra sociedad hay dominadores y dominados. Todo en ella está mediatizado por crudas relaciones de jerarquía y de poder que se asientan sobre las desigualdades entre los ciudadanos. Este hecho es, para pensadores como Nietzsche, algo absolutamente natural en la especie humana. En este mismo sentido, Foucault afirmaba que el poder está en todas partes y no puede ser localizado. El individuo está atravesado por infinitas relaciones de poder y no puede ser considerado independientemente de ellas.

En el plano opuesto, Hannah Arendt o Jürgen Habermas defendieron la esfera pública como espacio de concertación de la acción. El ámbito en el que discutir los diferentes puntos de vista y voluntades, el lugar de acuerdo y encuentro que además daría razón de ser a la vida en sociedad y evitaría que unos se impusieran sobre otros.

Manuel Delgado es una de las personas que más ha analizado todas estas cuestiones en el contexto de nuestros días. Según este antropólogo, el espacio público es un ideal que justifica el discurso democrático de las sociedades occidentales y establece como deber el orden impuesto. El pacto social es sólo un modelo teórico pero no funciona en la práctica. Para ello debería actualizarse constantemente y ser capaz de renovar día a día el consenso original de todos los individuos.

En la calle, las plazas y los lugares donde la ciudadanía puede encontrarse, el Estado utiliza el mito del espacio público e intenta hacer pasar por simples diferencias lo que en realidad son grandes desigualdades. En un artículo titulado “El espacio público no existe” y que publicó la revista de información y pensamiento urbanos, Barcelona Metrópolis, Delgado afirma que el Estado pretende desmentir la naturaleza asimétrica de las relaciones sociales que administra y a las que sirve. Según el autor, en el supuesto espacio público se escenifica el “sueño imposible” de un consenso equitativo de la sociedad.

Padecemos la imposición de la uniformidad disfrazada de clase media, feliz y consumista. El único menú posible, que tomas o dejas. Y plantear alternativas supone pasar a ser un elemento subversivo dentro del grupo.

Marx nos advirtió de los numerosos medios que la clase dominante usa para ejercer su poder sobre la sociedad y perpetuar su control sobre los demás, entre los que el Estado es uno de los más eficaces. A través de él, los poderosos han conseguido hacer suyo todo lo que no tiene un dueño particular, por ejemplo la verdad, la cultura o conceptos vinculados al espacio público, tales como la ciudad o su gestión urbanística.

Además, la ilusión del espacio público es el pretexto para considerar indeseable cualquier intento de apropiación de la calle por parte de colectivos distintos al estándar creado y aceptado por la moral, el decoro y el sentido de la urbanidad. Y por inapropiadas, esas manifestaciones de la diferencia son rápidamente neutralizadas, incluso con el uso de la violencia, si es preciso.

En nuestros días la globalización ha impuesto un solo orden racional y simbólico a escala mundial. Sin embargo, cada vez son más visibles y de mayor impacto social movimientos e ideologías que podemos llamar alternativas. Zygmunt Bauman afirma que existe una gran parte de la población mundial en oposición al nuevo orden internacional deseado. Son corrientes que se encarnan en grupos de resistencia no solamente locales sino paradójicamente trasnacionales.

Asamblea ciudadana en la Plaça de Catalunya de Barcelona.

Asamblea ciudadana en la Plaça de Catalunya de Barcelona.

Según el laureado sociólogo, estos colectivos se organizan de manera diferente a como funcionan las instituciones tradicionales, sin la existencia de un solo centro de decisión y supervisión de la acción, ni centralización del poder en pocas manos. Se refiere por ejemplo al movimiento ecologista, al feminista o a los movimientos de revisión del sistema político como las plataformas por una democracia real o el 15M.

En la búsqueda de una posible intervención realmente comunitaria sobre el espacio de la ciudad tenemos numerosos ejemplos de grupos vecinales que han decidido hacerse cargo de infraestructuras públicas o privadas infrautilizadas, frente a la inoperancia de las instituciones para encontrar soluciones a la falta de espacio o a su constante deterioro.

Dejando de lado la simpatía que despierta en nosotros esta forma de acción directa, tiene sentido centrar la búsqueda del espacio público idílico en los nuevos modelos de autogestión ciudadana. ¿Las iniciativas de gobierno horizontal de infraestructuras abandonadas por la incapacidad de las instituciones podrían llegar a ser, como se ha dicho en algunos foros, los espacios públicos del futuro?

Sirva solo como ejemplo el caso del Campo de Cebada, en Madrid, que recibió incluso un premio internacional por el mérito de haber tejido una gran comunidad ciudadana en un solar demolido donde antes se alzaba un complejo polideportivo. El jurado del Ars Electronica 2013 reconoció que el proyecto madrileño “ha creado un lugar para el intercambio humano, para la creatividad, para que la comunidad se reúna, tanto presencialmente en el corazón de la ciudad como también online”. Afirma que todo el mundo está invitado a participar y son las personas quienes deciden todo lo que sucede en él.

Esta es la literatura típica que envuelve los proyectos de este tipo, pero en referencia a ellos cabe hacernos las mismas preguntas: ¿Pueden estas manifestaciones de la participación social y ciudadana romper las barreras que impone la desigualdad estructural en la comunicación entre individuos? ¿Consiguen reproducir las condiciones para que se dé un efectivo diálogo entre iguales, necesario para la concertación de propuestas, sin imposición de unos sobre otros; es decir, aquellas condiciones de partida que Arendt consideraba indispensables para evitar el sometimiento a los intereses de los individuos que tienen mayor poder e influencia? Y llevado a un plano más amplio, ¿podremos alguna vez los individuos deshacernos de las cadenas que nos atan a las desigualdades y que nos imponen unas determinadas relaciones de poder?

No pretendamos dar con la verdad ahora. Esta puede ser una ilusión tan ingenua como la misma idea de un espacio público de todos. La verdad se construye con un debate abierto, desinteresado y sin privilegios, sin desigualdades. Fuera de la actividad en colectivos y grupos más o menos homogéneos en valores y objetivos, parece todavía una quimera poder ampliar la participación social.

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