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EDITORIAL: Arquitectura sostenible y social

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Es reciente la polémica generada por la renuncia del Rey Don Juan Carlos al yate Fortuna, una embarcación de 41 metros de eslora, que costó 21 millones de euros y que el monarca disfrutaba unos pocos días al año. Llenar el depósito de combustible cuesta 20.000 € y su mantenimiento anual ronda los 2 millones. Si pensamos en el yate en términos de sostenibilidad, podemos calcular que, evidentemente, el recreo de Su Majestad cuesta una fortuna.

Si contemplamos los edificios como máquinas que alojan actividades humanas, este modelo es un caso extremo. Aunque existan las personas que puedan permitirse una casa formato Fortuna, el mundo no puede sustentar un estándar así. Si el trabajo de los arquitectos consiste en diseñar espacios en los que las personas sean felices, la gente debe aprender a ser más feliz en edificios eficientes, que ahorren energía en su mantenimiento y en su construcción, que consuman menos agua y que reduzcan su impacto ambiental.

Aunque sus principios han estado presentes desde que el hombre apiló piedras por primera vez, el término “arquitectura sostenible” es reciente. Como procedimiento y como ordenanza precisa de un cambio en la sensibilidad social. En España, seguimos dolidos por los desórdenes urbanísticos y sus consecuencias en la economía. Ahora que hemos visto las orejas al lobo, estamos en una buena situación para replantearnos las cosas. El ingenio y la creatividad tienen mucho que decir en este campo, en la construcción de un escenario mejor para la actividad de las personas.

De las ruinas y los errores de la arquitectura heroica, diseñada para impresionar antes que para ser disfrutada, y de los arquitectos estrella, artífices del espectáculo de la exhibición del poder, surge una nueva generación de técnicos, creativos e ideólogos, que han aprendido a satisfacer las necesidades colectivas antes que las exigencias personales de los políticos. Ahora buscamos espacios sensibles a la vida de sus moradores y transeúntes, deseamos habitar lugares que nos hagan mejores personas, que estimulen las conexiones comunitarias y potencien el civismo.

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