facebooktwitter google-plusinstagrampinterest

ye magazine imagen letra m alfabeto rafa goicoechea
Compartir —

Mamá cómprame unas alas de mariposa rosa que las tengo rotas de tanto bailar

Por:

Antonio Ortega siempre me decía que sabía cómo conseguir que una institución te diera trabajo. Solo hacía falta ir a todos los eventos que allí se celebrasen y, en el caso de haber una conferencia, formular alguna pregunta interesante. Esto repetirlo durante dos años. También decía que, si querías reducir el tiempo de espera, solo era necesario llevar atrezzadas unas alas de mariposa rosa.

Esto no es un invento de Antonio. De estos trucos de magia también saben mucho Lady Gaga o Santiago Sierra. Aunque en el Wikipedia siga apareciendo como premiado, Sierra rechazó en 2010 el Premio Nacional de las Artes Plásticas. Bien. Lo que cabe resaltar no es el hecho en si mismo, sino la campaña que creó gracias a la oportunidad que le brindó la señora González-Sinde.

La carta de insumisión decía lo siguiente:

“Agradezco mucho a los profesionales del arte que me recordasen y evaluasen en el modo en que lo han hecho. No obstante, y según mi opinión, los premios se conceden a quien ha realizado un servicio, como por ejemplo a un empleado del mes.

Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio. Este premio instrumentaliza en beneficio del estado el prestigio del premiado. Un estado que pide a gritos legitimación ante un desacato sobre el mandato de trabajar por el bien común sin importar qué partido ocupe el puesto. Un estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.

El estado no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio. No señores, No, Global Tour.

¡Salud y libertad!

Santiago Sierra”.

Esta carta -desconozco por completo si en su momento fue trending topic o no, aunque debo añadir que como mínimo debería haberlo sido- no era una simple declaración ideológica del artista, sino unas preciosas alas de mariposa. Su siguiente obra ya tenía la publicidad más veraz que se pudiera esperar. “No, Global Tour”. Un gigantesco NO que recorrió medio mundo, pasando ni más ni menos que por la feria de arte contemporáneo ARCO, seguramente inaugurada por ni más ni menos que González-Sinde, donde no me extrañaría que además algún museo público estuviera dispuesto a adquirir la obra, devolviéndole así los 30.000 que había rechazado.

Con esto no quiero quitar mérito a la carta de Sierra, sino darle más valor aún, entendiendo la estrategia redonda que él pensó. Antes que Sierra, Sartre llegó a parecida reflexión después de rechazar en 1964 el premio Nobel de literatura. “Mi gesto va pues a reportarme dinero. Es absurdo pero no puedo hacer nada. La paradoja es que rechazando el premio no he hecho nada. Aceptándolo hubiera hecho algo que me habría dejado recuperar por el sistema”. En algún sitio leí que, cuando leyendo el periódico, Buñuel tuvo conocimiento de este gesto, envió inmediatamente un telegrama a Sartre con su felicitación.

En un inglés a caballo entre el de Jorodowsky y el de Ana Botella, unos españoles se me acercaron preguntándome no se qué de una exposición del artista que minutos antes había estado frente a mí, intentando conversar acerca de las Pussy Riot. El artista era de Chicago. Estaba aquí por lo mismo que yo. Búsqueda budista con la intención de regresar de nuevo al mundo. Canadá era nuestra India. Al principio creía que yo era de Quebec -por la barba, supongo- dando por hecho que yo, el de Montreal, no las conocía. Tuve que responderle, un tanto tímido, que en cierta manera yo estaba con ellas en aquella liturgia musical en el helado Moscú.

(*Soy amigo de Maria Aliójina. La conocí hace años en una residencia de verano para artistas en la Isla de Toronto, la primera vez que pisé suelo canadiense. Ya entonces pudimos intercambiar, además de nuestras preferencias musicales, nuestras ideas más profundas y radicales sobre la búsqueda de la libertad individual a través del lenguaje artístico. Ella, igual que Sierra, sabía que esa acción iba a convertirse en algo grande. Ahora está encarcelada en Siberia, lejos de su casa y de su hijo de 5 años. Religión, política e ignorancia juntas en un estado de dictadura del pensamiento. Un durísimo NO del que saldrá fortalecida. Dos años más y lo comprobaremos).

-No creo que exista nadie en Europa que no conozca a las Pussy Riot, aseguré en un tono localista que en realidad no comulgo. El artista negro de Chicago respiró interesado de compartir información con una persona de la vieja Europa, lugar del que decía, estamos todos apretujados hablando sin parar los unos de los otros. No pude llevarle la contraria. Fue entonces cuando nos despedimos y prometimos volver a vernos en su próxima exposición esa misma semana.

not quite siberian players

Imagen de archivo

Los españoles, que lo habían escuchado todo mientras aparentemente despistados rastreaban libros, discos y fanzines, no dudaron en aprovechar el siguiente puestecillo de un joyero japonés en el que me detuve. Allí, entre cuarzos de todos los tamaños y cruces dobles, me abordaron. Al cabo de unos minutos de conversación monocanal por su parte, averigüé sin quererlo -no era mi intención en principio hacer amistades con españoles-, que Ana y Alejandro llevaban en Vancouver dos años, trabajaban en vestuario para cine y que vivían en un precioso condo en Downtown. Llegó el momento de darme sus tarjetas y pedirme la mía. Yo no tenía. Ok. Respiré aliviado. Y me despedí abstraído en la revelación que aquello suponía: No-podía-no-tener algo donde apuntar mi nombre en una ciudad como Vancouver, algo para que pudieran localizarme en este nuevo lugar.

En la siguiente exposición en la que estuve, me acordé de ese encuentro y de aquella gran escena en “American Psyco” en la que Patrick Bateman pierde un duelo de bussiness cards después de ver el último grito en tarjetas sobre papel de cáscara de huevo, letra en relieve y color nimbo pálido, blanquecino. -¡Una preciosidad!-. Vi claro que necesitaba mi tarjeta de visita -¿visita?, qué raro me parece este concepto-. Decidí entonces, tomar las hojas de sala, descuartizarlas y cuidadosamente añadir una información que yo consideraba interesante, mi site, y devolverlas al lugar. Ya puestos a hacerse unas tarjetas ¿por qué no unas con un bonito twist final?, algo como “Miniature ha estado aquí“. Resolví satisfecho que conceptualmente estaba creando mi propio espacio dentro de ese espacio, con posibilidad de que me pudieran contactar si así lo deseaban. Coger, triturar y devolver. Repetido este proceso en todos los sitios interesantes donde me encontraba, conseguiría reducir el tiempo de espera muchísimo y me habría hecho ya con unas dichosas microalas de mariposa rosas.

Mis tarjetas se encuentran ahora en muchas instituciones de arte de la ciudad. No me darán un trabajo en una galería, ni harán pensar a quien las vea en la exquisitez del grosor, o en su bello color sutil, casi blanco, pero sí en su marca de agua.

Clausuré mis reflexiones sobre la necesidad de ser y estar cuando uno llega a un lugar nuevo tomándome uno de los peores expresos de la ciudad mientras pensaba donde quería ir ahora.

Miniature was here!

Comentar



2013
Diseño — Todojunto