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Dominos
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Bandas sonoras ópticas

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A través de unas zonas oscuras y otras transparentes, en uno o ambos lados del celuloide, las distintas intensidades de luz se convierten en impulsos eléctricos que crean en su conjunto lo que llamamos la banda sonora de la película. Se trata de algo literal. Entonces ¿la música puede verse? Desde un punto de vista tecnológico sí, pero si llevamos al terreno espectatorial, la respuesta es, cuanto menos, ambigua.

La música fue, seguramente, la primera de las artes de la historia, y el cine, el último y más moderno. Es por ello necesario ahondar en los vasos comunicantes entre ambas, en su estrecha relación a lo largo del siglo XX y XXI.

Más allá de una revisión epistemológica, trataremos de enriquecer un discurso sincopado y caótico mediante algunos ejemplos que arrojen luz, o hagan visible aquello que a menudo el amable espectador no alcanza a vislumbrar. Vayamos de lo visible a lo invisible. La música puede ser tan obvia como un musical permite. Desde ‘Cantando bajo la lluvia’ o ‘West Side Story’ hasta ‘Bailar en la oscuridad’. Todas ellas, a pesar de sus diferencias, ponen énfasis en el ritmo, el montaje externo, en una musicalidad de la imagen. La música se puede ver.

Es obligado hablar también de la banda sonora canónica que encontramos en el cine de Hitchcock, Spielberg o Polanski. De herencia clásica, acompaña al relato con mayor o menor éxito, realza las emociones, las vivencias y también atiende al mundo interior de los personajes. Francis Ford Coppola, heredero de ésta tradición, lleva la banda sonora a otro nivel. A él le debemos ‘La ley de la calle’. En ella, la música resulta parte imprescindible del discurso, abrazando esa idea tan operística de Art Totale, consiguiendo que imagen y sonido sean indivisibles.

la ley de la calle coppola

Fotograma del film ‘La ley de la calle’, de Francis Ford Coppola

Pero en la riqueza radica la virtud y, si ampliamos el radio de acción, podemos descubrir de qué es capaz la música en el cine. Es curioso el caso de Paul Thomas Anderson y sus largas escenas-crescendo, que otorga a la música un papel entre subliminal y simbólico, que también lo tiene. Escenas que nos hacen ver por momentos un holográmico Superman en ‘Embriagado de amor’, que anticipan la tragedia en ‘Pozos de ambición’, que cantan en un arriesgado giro al más puro estilo karaoke tras la lluvia de ranas más famosa de la historia del cine en ‘Magnolia’, o nos permiten escuchar literalmente la mente del Freddie Quell de ‘The Master’, interpretado por Joaquin Phoenix.

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Fotograma del film ‘Embriagado de amor’, de Paul Thomas Anderson

También la música puede ser referenciada e intertextual. Como sucede en múltiples filmes de Michael Haneke. Un par de escenas le bastan al director austríaco para ubicarnos ante el ‘Pierrot Lunar’ de Arnold Schomberg sin que este suene en ‘Caché’. El nombre del hijo de la pareja protagonista, Pierrot, y una fotografía de la luna pegada en la pared de la habitación del adolescente nos indican que tras estas imágenes se esconde una lectura profunda y exigente del filme con el Dodecafonismo de fondo.

O ¿cómo olvidar los créditos iniciales de ‘Pajaritos y Pajarracos’ de Pier Paolo Pasolini, donde Domenico Modugno cantaba en una canción compuesta por Ennio Morricone? En ella se nombran los cargos del equipo en una letra tan naif como rebelde.

Seguramente uno de los directores que más ha reflexionado sobre el papel de la música en el cine es Jean-Luc Godard. De él son éstas palabras: ‘El arte nos atrae solamente cuando revela en nosotros secretos.’ La música es, seguramente, lo más parecido a un secreto íntimo que podemos encontrar en una película.

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