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editorial la musica ha muerto
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EDITORIAL: La música ha muerto ¡Viva la música!

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Tal vez la música sea el proceso creativo más emocionante de entre todas las producciones artísticas. Su sustancia está entre los mayores logros culturales de la humanidad. Su variedad es tan extensa que siempre encontraremos una modalidad que nos toque la fibra, convirtiéndola en una seña de identidad propia. Nos identificamos con la música que amamos y nos autoafirmamos frente a la que no. Como una marca de agua, establecemos afinidades con las personas que comparten nuestro mismo gusto. Esto solo ocurre con materias de una naturaleza pasional muy pronunciada.

Ancestralmente, su poder sugestivo ha estado ligado siempre a momentos claves de la vida de las personas, a la celebración, al rito y la espiritualidad. Siglos antes del streaming online, la gente se sentía acompañada cantando, y no había fiesta sin que sonara un instrumento, por rústico que fuera. La música siempre ha sido inaprehensible e inmediata, hasta que la tecnología nos ha abierto el acceso ilimitado a su manantial.

Ahora podemos disfrutarla cuando queramos, convirtiéndola en un ornamento en el aire, como un hilo musical decorativo que nos sigue a todas partes. Nunca fue tan fácil escucharla en todo momento y, precisamente por ese motivo, nunca fue tan trivializada e intranscendente. Aunque existan personas que no hayan asistido a un concierto en su vida, nadie es ajeno al bombardeo sensitivo musical. Estamos sobreexpuestos a ello. En las radios de los taxis, en los anuncios de la tele, en los centros comerciales, en el gimnasio, en los bares, en la obra de la fachada, en los móviles de los que no conocen los auriculares, en el coche de al lado en el semáforo… por todas partes oímos melodías que ya no escuchamos.

Hemos caído en la música fast food. Pasamos de un tema a otro en nuestros iPhones sin dejarlos terminar. No solo no compramos discos, sino que hemos olvidado su composición. Aunque siempre convivieron juntos el respeto melómano y la frivolidad, cada vez más la balanza se inclina hacia esta última. De ser intangible y solo poder ser oída en directo, la música pasó a ser grabada y mercantilizada, para volver ahora a una nueva inmaterialidad, esta vez en formato online. La piratería ha dinamitado su soporte comercial, su industria sigue sin encontrarle solución y los músicos, sean artistas o entertainers, buscan alternativas a un royalty. Añadida a la crisis económica que sufrimos todos, la música sufre una crisis estructural.

¿Cómo se las arreglan los creadores para sobrevivir en esta nueva coyuntura? ¿Qué ocurrirá con la percepción emocional del oyente? ¿Dejará el mainstream sitio libre para las obras de arte? ¿Seguirá habiendo gente que viva la música como una parte fundamental de su existencia? ¿Se convertirá en anecdótica dentro de los festivales musicales? ¿Cómo la consumiremos en un futuro? ¿Se diluirá por completo su valor cultural? ¿Se convertirá en humo vacío al que ya nadie sepa prestar atención?

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