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¿Es la gastronomía española Cultura de la Transición?

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Vaya por delante que este breve texto quizás no baste para aproximarse a un tema que, de ser ciertas mis tesis, merecería un formato más extendido, y sobre el que, en el momento de escribirlo, tengo más intuiciones que certezas. Quiero valorar si el (teórico) auge de la gastronomía española se ajusta a lo que se ha dado en llamar la Cultura de la Transición. El término, acuñado por el periodista Guillem Martínez, describe cómo desde distintos ámbitos de la cultura se ha venido manufacturando el consenso político y social desde la muerte de Franco, en el marco de una democracia regida por las leyes de mercado, en la que no es posible el desacuerdo.

La gastronomía, a diferencia del cine, la literatura u otras expresiones culturales, llega tarde a la fiesta, quizás porque el dictador nunca mostró el más mínimo interés por ella, y no digamos ya por cualquier discurso que pudiera tener detrás. Así que en 1977 solo unos pocos marcianos escribían sobre el tema y el interés por la comida era algo de amas de casa o de grandes empresarios afrancesados. Los fastos del 92 prestaron escasa atención al fenómeno y la ruptura, según la cronología oficial, no llegaría hasta a finales de los noventa, con la eclosión y el éxtasis de Ferran Adrià, que sirvió, de repente, como fuente de orgullo patrio, solo comparable, más tarde, a La Roja.

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Cena ofrecida por el Rey Juan Carlos I

Cierto es –y aquí llegan las dudas de las que hablaba al principio-  que la consagración de la gastronomía como ítem cultural masivo pero prestigioso se da en todo el mundo, como también que la restauración (que no necesariamente la gastronomía) requiere la condición primigenia de ser lucrativa, con el marketing que conlleva. En este panorama, además de horizontes prodigiosos (innovaciones técnicas, codificación del saber, ampliación de la gama de ingredientes disponibles, redescubrimiento y puesta en valor del patrimonio), pronto comenzaron a abrirse grietas familiares (duelos que trasladan el bipartidismo a las cocinas, resueltos con la unidad ante la tragedia, modelos de negocio poco modélicos, un star system reverenciado por los políticos, una burbuja de congresos y concursos, así como un enorme divorcio entre la gastronomía doméstica y las propuestas de vanguardia).

Así, el carro de la compra del españolito medio rebosa de precocinados y yogures más milagrosos que Santa Rita. La estructura del complejo agroindustrial tiende a la concentración e incluso al monopolio. Elegir nuestra alimentación y prepararla es uno de los gestos políticos más radicales que a diario pueden hacerse.

Sin embargo, la cocina se ha convertido en un acto más de consumo, en un deporte para los fines de semana, en algo que ver por la tele en un reality. La Marca España se alimenta de los éxitos en las guías, mientras los contenedores se convierten en despensas. Y de fondo, dos mantras: ‘nuestra Transición fue modélica’ y ‘en ningún lugar se come como aquí’.

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* La foto que acompaña al texto tiene licencia creative commons con algunos derechos reservados por Presidencia Perú

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