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ye cocina marcel juan ainhoa nagore
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¡Splosh!

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El cine y la gastronomía mantienen una relación cuanto menos curiosa, caprichosa, y en cierto modo reveladora. ¿Cómo hacer llegar el sabor, el olor, o la textura de la comida a través de una pantalla? ¿Cómo romper la cuarta pared y sumergir al espectador en el placer que entraña degustar un exquisito plato? Siempre que la gastronomía ocupa un papel destacado en una trama, el cine fracasa, el guión se resiente. Son muchos los que lo han intentado sin éxito y esto permite extraer algunas conclusiones.

Cuando la comida ocupa el lugar del placer y, esto es, el sexo; de repente las escenas empiezan a ser memorables. Podemos sentirlas, degustarlas y olerlas mediante una extraña alineación de factores, una extraña suerte de sinestesia que consigue alcanzar nuestros sentidos, que transforma la imagen en pulsión, en mito (erótico).

Jessica Lange pronuncia un inolvidable ‘c’mon’ antes de que el bueno de Jack, se abalance sobre ella y haga flotar la harina de la mesa de la cocina del hotel de carretera donde transcurre la acción de ‘El cartero siempre llama dos veces’. Desde ese momento, la harina forma parte de la escena y, sin ella, no podemos imaginarla. La escena se torna sensorial, podemos sentir esa harina y vivimos la escena con intensidad gracias a ella. Lo mismo sucede con el hígado fresquito que usa el joven Maxime Collin, ‘Léolo’, para descubrir su sexualidad. Todos hemos sentido ese higadito en tan entrañable y peculiar film. La escena en que se masturba frotándose con un hígado es la más recordada de la película y también su imagen síntesis. Gracias a ella entendemos el sentir del personaje, una vez más, mediante la comida.

el ultimo tango en paris

Fotograma de la película ‘El último tango en París’

Otro tanto sucede con la mantequilla, hasta tal punto que todos tenemos ya en mente una película. La mantequilla como icono está por encima de Brando, Bertolucci o Schneider, porque ‘El último tango en París’ es la mantequilla hecha película. Disparó la venta de este multi-funcional producto, y multiplicó exponencialmente la práctica del sexo anal en Francia. Todo un logro. Y si la mantequilla tiene su película, el huevo no podía ser menos. Nagisa Oshima dirigía a mediados de los setenta ‘El Imperio de los sentidos’, donde Eiko Matsuda expulsa un huevo de su vagina en un plano tan necesario como imborrable.

el imperio de los sentidos

Fotograma de la película ‘El imperio de los sentidos’

Todos estos ejemplos se mantienen fieles al binomio placer-comida. La lista es larga y puede que las mejores escenas estén por llegar. Y todo esto sin entrar en el gran olvidado del cine, ese hijo bastardo llamado porno, donde la gastronomía y el sexo se subliman, se radicalizan y generan imágenes más duras, más viscerales, pero no por ello menos placenteras. ‘Arachibutyrophilia’, ‘Sploshing’ y demás parafílias y fetiches, que se esconden tras un clic en la red, ofrecen un catálogo infinito, en una ecuación sensorial imposible, que el cine nunca dejará de intentar resolver.

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