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el origen del mal fashion film
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EDITORIAL: La moda como constante reinvención del individuo

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La desnudez es un estado primitivo de inocencia. Los mitos y las religiones se sirven del pudor como metáfora que explique el despertar de la conciencia en el ser humano. Cubrirse con ropa es tan necesario como antiguo. Para conseguir extender nuestra especie por el mundo, abrigarse fue una de las primeras tecnologías que inventamos. Enseguida comprendimos que cubrirnos la piel desnuda implicaba muchas cosas más.

La ropa es un distintivo. Ser hombre o mujer, rey o vasallo, corresponder a esta tribu o a la contraria… es información que puede ser expresada de un solo vistazo. Como una bandera ondeada al viento, la vestimenta nos define y nos identifica. Actualmente, ya no nos basta con pertenecer a una clase social, queremos que la ropa exprese la singularidad de nuestro carácter. Hemos asumido que nuestro aspecto habla por nosotros y, a través de la moda, hemos desarrollado una metodología para proyectar nuestra personalidad al exterior.

Vivimos una cultura del individualismo. Tal punto alcanza, que nos aterraría vestir todos con el mismo uniforme. Aunque nos guste pasar desapercibidos en la multitud, no renunciamos a que aquellos que sintonizan nuestro mismo código nos identifiquen inequívocamente. El deseo de diferenciarnos ha creado una industria de las apariencias, cada vez más sofisticada y tenaz. Son infinitas las posibilidades que nos ofrecen las prendas, el calzado, los complementos o el peinado. Somos esclavos de nuestro propio estilo. Hace ya tiempo que nos convertimos en fashion victims de nuestra propia pose.

La industria de la moda es exigente, trepidante y voraz. Cualquier nueva colección surge con intención de anular las anteriores. No importa que una prenda sea una obra de arte, todas parecen nacer con fecha de caducidad impresa en su etiqueta. La moda ha establecido un régimen que estimula el consumo impulsivo y la obsolescencia estética. A veces, falta de imaginación, recurre al revival para vendernos de nuevo lo que ya habíamos olvidado. Sus campañas de marketing se muestran implacables al impregnarnos de tendencias programadas. La moda es especialista en convencernos de que nos gusta lo que ella ha decidido que nos debe gustar.

Como espacio creativo, es una disciplina privilegiada para el talento, pero como sistema productivo, es irresponsable y devastadora. Como ocurre con los dispositivos tecnológicos que se quedan anticuados antes de acabar su vida útil, la urgencia de la renovación instaurada en la moda atenta contra todos los principios de la sostenibilidad. Sus sistemas de producción y distribución no dudan en remover el mundo para ofrecernos ropa nueva tirada de precio. Las prendas que compramos acaban en la basura antes de que empiecen a envejecer.

Desde la escenificación del desfile anual de Victoria’s Secret al comercio al peso de ropa usada, desde las editoriales de bellísimas modelos rusas a las fábricas textiles de Bangladesh, desde la integridad artística de Balenciaga al suicidio de Alexander McQueen… la moda muestra sus paradojas, sus excesos y su poder. En cada escaparate del centro comercial, en cada camisa de nuestro guardarropa, en cada gesto elegante que nos seduzca, en cada detalle vanidoso frente al espejo. Somos la imagen intencionada de un envoltorio y dejamos que una apariencia nos represente, que delate nuestros hábitos de consumo o nuestras aspiraciones sociales. En un mundo obnubilado por lo superficial, que prefiere las formas y desprecia los contenidos, delegamos en nuestro aspecto la función de portavoz.

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