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Play Time

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Mucho se ha escrito y dicho ya sobre el turismo. Hay muchas maneras de viajar y aún más tipos de turistas. “Paraíso: Amor”, “El turista accidental”, “Hostel”, “La pasión turca” o “El expreso de medianoche” son ejemplos de ello. Pero ¿qué tiene el turismo, el turista, y sus múltiples filosofías, que tanto atraen a cineastas de todo el mundo? Incluso “La gran belleza” contiene en su inquieto prólogo un punto de inflexión a través de un turista, japonés, cómo no, al borde del síndrome de Stendhal en Roma. Pero si existe una película que consigue trascender la anécdota y proponer una profunda reflexión sobre el turismo, llegando a cuestionar el sistema económico, social y cultural de un país, esta es sin duda “Play Time” de Jacques Tati.

Jacques Tati conseguía en 1967, con esta excelente sátira, su obra más lograda, la más maldita. Le costó prácticamente su carrera. Pero hoy podemos asegurar que valió la pena.

Tati nos muestra aeropuertos, autopistas, ciudades, donde los turistas parecen moverse en círculos, en laberintos y escaleras mecánicas. Como ratones atrapados en una ratonera. La ironía en “Play Time” radica en que los turistas visitan distintas ciudades idénticas. París y México parecen la misma cosa. Se han perdido los matices, difuminado sus identidades. El ciudadano deambula y no distingue nada en este mundo frío, gris, sin blanco ni negro. Toda la película parece estar barnizada por un azul desaturado, contaminado y esterilizante. Un color que uniformiza los espacios, las ciudades, los países, hasta que el turismo pierde el sentido.

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Fotograma del film “Play Time”, de Jacques Tati.

El ínclito Tati ejerce de observador, cual alienígena recién aterrizado en el planeta Tierra. Solo con su mirada y sin mediar palabra, como es habitual en él, entendemos el rumbo que están tomando las cosas. Y es que Tati ya sospechaba un mundo donde la arquitectura, los restaurantes, coches, vestuario fueran lo mismo. Un mundo enajenado donde la población deambula sonámbula, guiada por normas dictadas por máquinas, un mundo racional y geométrico. Un mundo muerto.

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Imagen de la película “Play Time”.

Con “Play Time”, uno tiene la sensación de estar viendo una película visionaria. Si sabemos encajarla en la actualidad, su sentido se amplifica. Ahora podemos ir a pasar un fin de semana a Londres, París, Barcelona o Suiza, y posiblemente acabemos comiendo en la misma cadena de restaurantes fast food, podamos alquilar un mismo modelo de coche, comprar en un mismo centro comercial, alojarnos en un hotel de la misma cadena de, y un largo etcétera que mimetiza espacios. El turista se transmuta en una unidad económica, en un saco de dinero, que es transportado de un lugar a otro, inconsciente, sedado, víctima de la inercia de una sociedad que va demasiado rápido para que la entendamos. Uno no puede evitar tras un visionado de “Play Time” exigir que todo se frene, permitirse dejar de correr, caminar, y hasta detenerse, respirar, buscar el silencio. Tratar de cuestionarlo todo para volver a empezar.

 

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