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Manual básico para viajeros solitarios

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Se escribieron solos. Comencé a “ensuciar” mi diario. Y este fue el resultado. Los fundamentos teóricos que respaldan este improvisado “tratado” no proceden de grandes y extensos estudios estadísticos. Se basan, sencillamente, en la experiencia, en las vivencias y en la observación de otros viajes hechos en solitario por otros territorios de este quimérico continente latinoamericano. Se trata de un decálogo, abierto a cambios, sugerencias y mejoras. Estos diez enunciados apuntan lo que sigue:

1. Piénsalo bien antes de dar conversación al pasajero del asiento de al lado: más de ocho horas de avión son muchas horas. Una jornada laboral completa sin posibilidad de salir al bar de enfrente a tomar un café solo y en silencio. Por ello, piénsalo bien. Y piénsalo despacio. Antes de dar conversación al pasajero de la butaca de al lado, obsérvalo. Cómo viste, cómo gesticula, cómo te mira, cómo mira a los otros pasajeros, qué libros o revistas lee, qué hace con la manta del avión… Piénsalo bien pues allí está la semilla de una maravillosa y sólida amistad, o el inicio de un interminable viaje que nunca olvidarás y que siempre desearás no haber comenzado nunca.

2. Allí donde comen los lugareños, hay buena comida: quizás no sea la más esnob de la ciudad. Seguro que no es la más sofisticada y exclusiva gastronomía del lugar. Pero allí donde comen los lugareños, encontrarás siempre comida limpia, sana, de calidad y, en muchos casos, abundante. Aún así, recuerda que tu estómago y el de los “nativos” poseen diferentes “historiales” genéticos, paredes intestinales y consistencias estomacales. Para entendernos: el riesgo de una gastroenteritis aguda o, hablando en cristiano, de una diarrea como la copa de un pino, siempre estará ahí. Te perseguirá en tu viaje. En cada fruta, en cada brebaje, en cada ensalada, en cada cuarto de baño… Será invisible y omnipresente. Recuerdo un tenderete callejero de las calles aledañas a un estadio de fútbol, donde a falta de aceite de girasol, las empanadas de maíz se tuvieron que freír con aceite de coche… Cuidado con la comida de la calle. Aunque pensándolo bien, el llamado “mal de Moztecuma” te servirá también para reír y recordar más tarde aquellos malos e interminables momentos como quien corona un macizo nevado o cruza a pie un árido desierto…

3. El agua es vida, pero puede ser muerte: en nuestro planeta azul (ahora un poco más seco) el agua es motor y vida. Y, por desgracia, muchas enfermedades de los países del Sur están relacionadas con ella. Concretamente, con la falta de higiene en su uso y en su mantenimiento. Bebe sólo agua embotellada. Y cuidado: embotellada no quiere decir simplemente que se sirva dentro de una botella. Embotellada significa dentro de un recipiente debidamente precintado. Me viene a la memoria, no hace mucho, un viaje a tierras muy cálidas, donde en la puerta aledaña al W.C. de un restaurante, una legión de niños (los hijos del propietario, supongo), organizados en una cadena humana, llenaban y rellenaban con una disciplina y una eficacia deslumbrante cientos de botellas vacías de agua mineral. No descubro nada nuevo. Ya sabes: a veces, las apariencias engañan.

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Santiago Tejedor, viajando solo por el desierto.

4. No te fíes de los que siempre sonríen (y a ser posible, de nadie): por mucho que nos pese la tristeza no es un sentimiento execrable. Es simplemente la parte necesaria para entender y disfrutar de la alegría. Por ende, caminamos entre uno y otro estado (de tristes a alegres, de alegres a tristes y vuelta a empezar). Todos sabemos que el “juego” consiste en estar a veces abatidos, a veces contentos. Por ello, desconfía de quienes siempre ríen. Algo esconden. Y quien algo esconde, no es honesto, ni sincero. Encontrarás a muchos en tus viajes. Y tu mirada (crítica, reflexiva, desconfiada) será tu principal instrumento para detectarlos. Y a ser posible, para garantizar el éxito, o mejor, para reducir al máximo el riesgo de fracasos. No te fíes de nadie.

5. No te enamores si luego te van a separar (de ella) todos los kilómetros de un océano: el primer consejo sería justo lo contrario. Esto es: enamórate siempre. De ella y de todo. De aquel atardecer, de aquella playa, de aquel paisaje entre verde y azul de la jungla amazónica, de las acrobáticas formas de aquella duna anaranjada, de una caótica y romántica ciudad… Pero recuerda que si te enamoras de “ella”, existirá el riesgo de tener luego que aprender a olvidarla. Y eso, amigo, no es ni ha sido nunca fácil. Pero no todo sería tan malo.

Las mejores historias de amor, al menos las más bellas, las escribió alguien triste, herido, melancólico, que encontró entre los dos un océano de distancias. Aunque a muchos nos encante ese espacio intermedio que es la melancolía (tan melosa, tan agria, tan huidiza), es difícil viajar con ella. A veces, no obstante, también puede existir un final feliz.

Yo recuerdo una tarde mágica de septiembre, hace ya unos años, en una playa mexicana cercana a las ruinas mayas de Tulum (Yucatán)… Se cruzaron dos miradas y en ese mismo momento algo “explotó” dentro de ellos. Un extraño relámpago. Un extraño escalofrío. Una extraña luz. Tan difícil de explicar, como de creer. Son los viajes. Al menos, algunos… Cuando menos lo esperas, cuando menos lo buscas, cuando menos lo imaginas, te cambian la vida.

6. No le digas jamás a un guía de un museo que vas a escribir un libro: dile que eres soltero, que estás perdido, que buscas El Dorado, que ayer te atracaron, que te sientes solo, que tu novia te abandonó, que la tristeza te persigue desde hace años, lo que quieras, pero nunca le digas que eres periodista y que vas a escribir un libro de viajes. Yo lo hice, más de una vez, y pagué cara esta grave falta. ¿Por qué? Del monótono discurso para turistas ansiosos de llegar a la tienda de souvenirs, el atento guía turístico pasará a exponer sus personales ―y poco refutadas― tesis e hipótesis sobre la historia, orígenes, evolución y todo tipo de vicisitudes de cada una de las baldosas del recinto. Luego vendrán los adoquines de las paredes. Uno a uno. Y, finalmente, los azulejos de los pasillos de entrada y salida (incluidos los del aseo). No cometas este error. Atiende, escucha, toma nota. Y pregunta cual turista curioso e ingenuo que desea saber sólo un poco más…

7. Nunca mires atrás: no sirve de nada. No lo hagas. ¿Para qué? Nunca des marcha atrás (ni siquiera para tomar impulso). No retrocedas. No te vuelvas Sigue. Camina. Solo vuelve la mirada atrás el inseguro, el que debe algo, el que se siente avergonzado, culpable, derrotado. Tú no lo estás. Por tanto, continúa. Avanza. Y nunca, por nada, nunca mires atrás.

8. Las despedidas tiene que ser cortas: si tuviera que decir que es lo que más y mejor me han enseñado medio centenar de viajes a tierras latinoamericanas, lo reduciría a una sola idea. ¿Cuál? Las despedidas siempre tienen que ser cortas. Rápidas. Fugaces. Inmediatas. No encontrarás las palabras exactas. Siempre te quedará algo por decir. Y viajarás con ese pesar. Uno sólo es dueño de su silencio. Márchate con la misma alegría y con la misma ilusión con la que llegaste. Y recuerda algo que un viajero escribió no hace tanto tiempo en un libro sobre unos viajes que iban “más allá del resort”: a veces, “ir” significa “volver”.

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Fotografía de Santiago Tejedor.

9. Hay viajes que nunca terminan: acéptalo. Es parte de la magia, del hechizo, de esa “extraña sensación” que, como apunta Konstantino Petros Fotiadis Kavafis en su poema Ithaca, ha de ir junto al auténtico viajero. Hay viajes que siempre te acompañarán con sus paisajes, sus recuerdos, sus vivencias… Hay viajes que siempre irán contigo para que nunca los olvides. Da igual si regresas, no importa si abandonas aquel lugar… si lo vivido fue auténtico, ese viaje nunca terminará.

10. Siempre hay un motivo para regresar (y muchos para volver a empezar): volver a pasear por aquellos caminos, recorrer en silencio aquella plaza, sentarse a contemplar cómo ha pasado el tiempo, mirar el rompeolas desde el mismo lugar, pero con otros ojos… Las razones para regresar serán siempre múltiples y variadas. Siempre habrá un viaje por hacer y también otro por “rehacer”. Regresar no supone repetir. Regresar significa volver para verlo todo como si fuera la primera vez. Recuerda: siempre hay un motivo para volver. Y no olvides: siempre hay muchos más para volver a empezar.

Buen viaje. Buen rumbo. Buen viento.

Links Santiago Tejedor     Web personal      TuAventura.org

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