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artículo roger grasas
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Neo-nomadismo

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Desde muy joven, siempre quise ser fotógrafo. Al final lo conseguí, pero ¿por qué fotógrafo? ¿cuál era la ilusión de vida que me ofrecía esta profesión, tan lúdica como a la vez arriesgada? Casi treinta años después, todavía hoy no lo sé. Seguramente la respuesta estuviera relacionada con un deseo hacia cierto estilo de vida, o con un apasionado anhelo por descubrir y conocer. Cierto es que, en un mundo tan materialista y controlado como el de hoy, todo es fotografiable y en la práctica todo, absolutamente todo, se fotografía. Así, la sociedad del consumo y la cultura de masas han convertido la fotografía en una de sus herramientas más perversamente eficaces para producir, reproducir, vender, dominar y controlar.

Y es ahí donde subyace la paradoja que me gustaría plantear. El cómo, a partir de un medio técnico tan afín al sistema actual, se presentó ante mí una posible fuga hacia un modo más libre y desapegado de vivir.

Con el paso del tiempo, fotografía y viaje se han ido fusionando hasta convertirse en una escuela del vivir creativamente y en primera persona, una especie de pasaporte para acceder a experiencias muy alejadas de mi realidad, situaciones en las que de repente sea posible acariciar la intensidad y el dulce placer de los extremos.

Pero no nos engañemos, viajar no es llegar sino partir, y con la oposición turista-viajero llegamos al núcleo de la cuestión. Porque nos guste o no, hoy en día todos somos turistas y ser turista es una experiencia extenuante. Desde el primer minuto debe amortizar su inversión en tiempo libre. De hecho, antes de partir, ya sabe cuáles son las imágenes preconcebidas que hay que ver, fotografiar, filmar. El turista se nutre siempre de un ideal de colectividad. Incapaz de desembarazarse de la pátina moral del trabajo y la rutina, enfila la pista trillada, aquella donde todo está regulado. En realidad, no viaja, no busca, no vive el espacio geográfico en el paisaje. Sus buenas intenciones se reducen como máximo con la vista, cuando no con la cámara fotográfica o de vídeo.

El turista “da una vuelta”, hace un tour con ayuda de toda una logística importada al espacio físico. Desgaja el paisaje con su mirada, a la vez pasiva y estresada, colecciona imágenes y luego retorna a su casa sin haber perdido nunca ni sus costumbres ni su confort. El turista solamente fagocita imágenes pero, como le da pánico olvidarse de ellas, en lugar de mirarlas decide fijarlas obsesivamente con sus prótesis visuales, las cámaras fotográficas y de vídeo, las cuales substituyen a los ojos. Las imágenes, misteriosamente, regresan a las imágenes. En definitiva, el turista escudriña el paisaje, se contenta con reconocer el paisaje, in situ, comparándolo con la imagen que ya había visto antes en el mapa de carreteras o en una postal, en el folleto de la agencia o en el programa de televisión.

Beirut 2013

Fotografía realizada en Beirut por Roger Grasas, autor del texto.

Dicen que la única y verdadera proeza del acto de viajar está en el ansia por partir. El auténtico deseo es, pues, el de marchar siendo viajero, el del que parte por partir, entendiendo el viaje como un fin en sí mismo y no como medio para alcanzar cualquier otro fin. En realidad, solamente el viajero es verdaderamente digno del paisaje, porque lo atraviesa para su felicidad, para la dicha de su “aquí-ahora”, inaugurando el trazo del caminar sin un método premeditado, más bien descubriendo al descubrir, inventando el itinerario y propiciando un mirar único e intransferible. Asesorado por una especie de Fausto que invita a vivir, el viajero, excursionista, caminante o vagabundo se olvida del objetivo y solamente atiende al camino, a una meta sin fin en la que sólamente hay que pensar, soñar y existir. No es hombre de fe, no cree en lo que le explican antes de partir, quiere vivirlo siempre a su manera. El viajero es, en resumen, un espectador desinteresado, un precursor, un pionero que amplía los horizontes de la vida, llegando allí donde después otros le seguirán.

Esta calma y libre disposición espiritual del viajero contrastan con el apresuramiento y la urgencia propios del turista. Así como el viajero encuentra tiempo para parar y mirar, el turista requiere mucho esfuerzo a cambio de pocas compensaciones. Pero no seamos ilusos, en los tiempos que corren ya es casi imposible ser viajero y solamente nos queda gozar de lo que podemos ver y vivir. Sí, el querer vivir es quizás lo que está más en juego, pero existe un gran abismo entre los que viven y los que dictan sobre cómo es el mundo. Por eso hay que ofrecer una sutil resistencia a la cultura “mercantilizada”. Superada la página de la lucha de clases, nos situamos frente a una escenificación total, una “sociedad del espectáculo” de dimensiones planetarias. Y ante esta crisis del pensamiento critico, en lugar de sumarnos al “todo vale” o al “nada vale” quizás sea más productivo generar una respuesta partiendo de la acción individual, una experiencia parecida a la del eterno viajero, tejida a partir del cambio, del movimiento o incluso de la deriva.

El viaje, planteado pues como línea de fuga, podría ser uno de los hilos capaces de tejer este modelo de intensidad. Hay que apostar por un espacio del afuera a través de la errancia, una experiencia creativa caracterizada por la imprevisibilidad, lo no dicho. Es esta una nueva forma de nomadismo que expresa la revuelta discreta contra el orden establecido y ofrece claves para entender el estado de rebelión latente en las generaciones jóvenes. En el fondo, es el anhelo de una vida marcada por lo cualitativo y el deseo de romper con el enclaustramiento domiciliario, característico de la modernidad.  Confinados en un mundo tan sistematizado, controlado y globalizado quizás solo nos quede una alternativa: convertir la vida en un viaje y este viaje en una experiencia lo más parecida a una pequeña obra de arte.

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1 Comentario

  1. Por —
    Angeles
    Fecha —
    08 / 07 / 2014

    Inspirador. El placer de llegar a casa para plantear la próxima escapada. El placer de estar en casa como si de una nueva etapa del viaje se tratara. El planteamiento no de una huida continua, sino de una continua experiencia viajera, sin importar dónde, en lugares desconocidos o en espacios presuntamente rutinarios, con los ojos y la mente bien abiertos, para atrapar los momentos con ellos (y con la cámara, un lápiz, un instrumento…) y crear nuevas miradas, nuevos rumbos retenidos en el espíritu propio y en la imaginación ajena.

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