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EDITORIAL: El turismo como viaje frustrado

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Viajar es una de las experiencias más beneficiosas para cualquier persona. En el viaje se mezclan aprendizaje y entretenimiento de una manera perfecta. Cambiar de aires nos ayuda a contrastar lo que conocemos y poner cada cosa en el sitio que le corresponde. Nos enseña a apreciar lo que se les da bien a los demás y, al mismo tiempo, valorar lo que nosotros hacemos mejor que ellos. Al salir de nuestro terruño y contemplar la inmensidad del exterior, hay dos maneras de zanjar nuestros prejuicios: confirmarlos o desmentirlos. Podemos crecernos en un orgullo chovinista y sentirnos el ombligo del mundo, o podemos sentir un pudor provinciano que roza el ridículo. Seamos humildes o seamos soberbios, igualmente aprenderemos, porque viajar es mirarse en un espejo que resalta nuestras imperfecciones.

Pero en el fondo del asunto, el viaje ya no es posible en esos términos románticos. No se puede ser Marco Polo después de sobrevolar el planeta con Google Earth y contrastar opiniones en TripAdvisor. Se acabaron los grandes exploradores, las grandes aventuras y los grandes descubrimientos. Hemos cambiado a Livingstone por De La Cuadra-Salcedo, a Charles Darwin por Frank De La Jungla y al Capitán Scott por Álvaro Bultó. Quizás el verdadero viaje que podamos emprender ahora sea mucho menos heroico y mucho más decepcionante que aquellos, pero nadie tendrá eso en cuenta a la hora de embarcar.

Ahora hay destinos para todo tipo de personas, especialmente para las que no disfrutan viajando. Para la gente que se siente insegura en países donde se hablan otras lenguas, donde se comen platos extraños y donde las costumbres se basan en códigos que no controla, se ha creado el concepto resort. Para los que además encuentran molesto desplazarse, se ha inventado el concepto crucero. Los tour operadores agrupan a los turistas en lotes y los dirigen de acá para allá. Al comprar un paquete turístico, es el propio turista el que acaba empaquetado en un lote.

No se puede esperar un trato individualizado cuando se es confinado en una porción. Son estos turistas, torpes y temerosos, los que vemos trashumar en manadas pastoreadas por guías. Estos viajeros jamás alcanzarán a entender un destino, porque no se les permite impregnarse de lo autóctono. Para ellos se ha construido un mundo con aspecto de parque temático, lleno de clichés casposos, de menús con sangría y expositores giratorios con souvenirs infernales. Un escenario grotesco que nos caricaturiza, exagerando cada faceta de nuestros perfiles.

El turista contemporáneo es un aventurero caído en desgracia. Como experiencia existencialista, es ya una forma peyorativa del viajero, que contempla el paisaje desde la ventanilla del microbús. Hemos desarrollado una industria en torno a él, un soporte paternal que lo haga sentir seguro cuando sale fuera de casa.

Lo tratamos como si sufriera una discapacidad, como si fuera débil y estúpido, y precisara un tutor. Le hemos asignado un rol pasivo y abusamos de él. Creemos que tras un turista, inevitablemente, siempre habrá otro, como una plaga en la despensa, y relajamos nuestra hospitalidad hasta la indiferencia y el menosprecio. Hemos convertido el turismo en un cultivo extensivo.

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Imagen en el desierto del fotógrafo Roger Grasas.

Con 60 millones de visitantes al año, España vuelve a ser bronce en el podio del turismo mundial. Aquí sabemos muy bien qué conlleva ser un país receptor: somos campeones en servir raciones de paella. En algún momento fuimos acogedores. Antes de que llegaran las hordas de visitantes, lográbamos hacer sentir a cada una de estas personas como si fuera la única. Ahora estamos un poco resabiados y ya no nos apetece esforzarnos tanto como antes.

Dentro de un sector cada vez más competitivo, mantenerse en el top ten es todo un arte. Tenemos mucha suerte por cumplir los requisitos que hacen a un país irresistible: infraestructuras, seguridad, buen clima, historia, cultura, simpatía, belleza y todas esas cosas que suelen enumerarse en los folletos turísticos, pero damos por hecho que eso nos viene regalado por nuestra naturaleza. Tal vez ya no seamos exóticos y se nos tilde de destino popular, pero nos hemos vuelto expertos en la materia a fuerza de sacar a la terraza bandejas de refrescos. Hemos aprendido a convivir con los visitantes, a ofrecerles todos los estereotipos que nos atribuyen, sirviéndoselos en un bufet libre. Pese a su ir y venir, creemos que hemos conseguido mantenernos impermeables y auténticos, porque sabemos que en el fondo no somos como nos imaginan.

¿Qué nos deparará el futuro en esta industria extenuada? ¿Cuánto tiempo seguiremos siendo atractivos? ¿Nos volveremos unos bordes que escupen en el gazpacho antes de sacarlo de la cocina? ¿Nos convertiremos en figurantes vestidos con cota de malla y viviremos en un escenario de cartón piedra? ¿Nos abriremos paso a codazos entre los cruceristas que remontan Las Ramblas en excursión facultativa? ¿Compartiremos cervezas con los estudiantes ingleses que han alquilado el otro piso del rellano y llevan tres días de fiesta? ¿Hay algo nuevo y creativo expuesto en el mostrador de la recepción? ¿Es tan malo transformarse en siervo?

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