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Sobre hogueras y hogares

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Hace poco más de un año, un buen amigo nos invitaba a la inauguración de su nueva casa y, tras tres horas y varios gin-tonics, conseguía darme cuenta de lo que faltaba en aquel lugar que me impedía reconocerlo como un hogar: la falta de estanterías con libros de diferentes tamaños, apilados como buscando una burbuja de oxígeno.

Mi infancia ha estado marcada por la convivencia con mujeres devoradoras de lectura: novela, ensayo, historia, poesía… Todas y cada una de las mujeres de mi familia han sido consumidoras voraces de libros y sus casas, aquellas que me han visto crecer, han estado siempre acolchadas de manera casi enfermiza con libros de todas las temáticas. No es de extrañar que una casa y una vida sin libros me resulten carentes de sentimiento.

Entre aquellas estanterías descubría un mundo, mucho antes de que Google y Wikipedia se convirtieran en los restaurantes de cultura rápida. Desde las novelas negras que inundan mi casa y marcaron mi infancia, a las lecturas a escondidas de tomos de Henry Miller, Cortázar o los primeros libros de arte autoagenciados a la fuerza. Cuando estoy en el ‘hogar’ de mi madre y observo el apropiacionismo que hacía de los libros que había por casa, veo mi infancia y recuerdo instantes muy por encima de las pantallas del Super Mario.

A los 16 años dije en casa, con no poco temor a que supusiera un drama familiar,  que quería estudiar arte y me sorprendió comprobar lo bien recibida que era la noticia en una familia en la que un doctorado en medicina era casi una tradición. Tiempo después, descubrí que también hay médicos en las listas del paro y que, aunque no ponga comida en tu plato, la cultura te da lucidez y libertad de pensamiento. Unos cuantos años después, tenemos un estudio creativo y seguimos siendo apasionados de los libros. Conclusión lógica: montamos una editorial. Hay cosas que no se piensan en exceso, solo sabes que han de hacerse y han de hacerse bien.

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Stendhal, editorial fundada por Álvaro García y Elisabet Parés

¿Dónde os metéis, con la que esta cayendo?’ es posiblemente una de las opiniones que más hemos oído este último año. Nuestra respuesta es que no creemos en el libro de bolsillo, muerto y sepultado bajo la piratería y las ediciones digitales. Creemos en los libros objeto, en las personas que acuden a librerías pequeñas, que les gusta oler en el papel la humedad del offset recién impreso. Y es que,  no lo negaremos, somos unos románticos.

Al recibir por parte de BUMAYÉ el encargo de hacer las portadas que ilustrarían esta edición de YÉ, primero pensamos en la reacción habitual con las que nos avasallan los medios especializados (‘la cosa esta fatal‘). Luego pasamos a plantearnos nuestra postura (‘¡Venga chavales que no es para tanto, que arranquen las rotativas!’) y finalmente, tras leer el texto del editor, se nos quedó en la retina el concepto de la quema de libros como uno de los hechos que históricamente ha representado, de una manera más clara, la lucha por la libertad de pensamiento.

El control de la cultura y la información siempre ha sido el punto fuerte en todo totalitarismo que se precie, lo espeluznante es que hoy día seamos nuestro propio hombre de uniforme.

Si tenemos una sociedad actual en la que la propia cultura es subcultura, se debe únicamente a que así lo hemos querido. Porque nos parece excesivo pagar por ella y nos resulta ofensivo dedicarle tiempo cuando puedes adquirir pequeñas píldoras de conocimiento gratuito en internet.

Algún invierno nos quedaremos sin libros que quemar y nos moriremos de frío.

 

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