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‘Algunas obras merecen la oportunidad de estar accesibles para los lectores siempre’

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Tomar un café en La Central, rodeado de libros en vez de paredes, es un placer. Esta cadena de librerías fue fundada en el año 1995 por auténticos libreros de origen humilde en la calle Mallorca de Barcelona. Su curada selección bibliográfica, de fondo muy diverso, ha permitido a La Central convertirse en indispensable y expandirse hasta el punto de abrir nuevas sedes, como la de Callao, ubicada en pleno centro de Madrid, en un palacio de 1.200 m2 que hoy alberga más de 70.000 volúmenes. El director de este centro es Jesús Casals, con quien hemos hablado del presente y del futuro del libro.

La Central es toda una institución de excelencia librera en nuestro país. ¿Qué sentiste al ser elegido director de su tienda de Callao?

Trabajé muchos años en las librerías La Central de Barcelona, de modo que mi nombramiento fue una recompensa, fruto de mucha dedicación y aprendizaje del estilo de librería que quieren implantar sus fundadores. Se trata de un reto diario para ofrecer a los clientes una selección de calidad, un espacio agradable y una propuesta cultural con todo tipo de actividades, que exige un esfuerzo constante para ofrecer contenidos de calidad.

Generacionalmente, has crecido y te has educado con internet. ¿Qué papel ocupan las nuevas tecnologías en tu visión de La Central?

Por un lado, desde hace un año vendemos un e-reader, Kobo, que ha tenido muy buena acogida por sus atributos (es muy fácil de utilizar y permite leer muchos formatos). Eso nos permite entrar en un mercado que aún está muy verde, pero que hay que tener en cuenta y estar muy al día. Por otro lado, en los últimos años hemos reforzado nuestros contenidos digitales (web, Facebook, Twitter, newsletters) para informar y facilitar las compras a nuestros clientes.

Aunque se sitúa en el corazón comercial de la capital, la tienda de Callao es la antítesis de una librería de unos grandes almacenes. Hace poco celebrasteis su segundo aniversario. ¿Cómo ha sido recibida la nueva tienda? ¿El público la ha entendido y valorado desde el primer momento.

Hemos tenido una acogida muy buena. Buena parte del éxito se debe a que nuestra oferta es un poco diferente a la que ofrecen los comercios cercanos. Nuestra propuesta se parece a la que ofrecen librerías independientes medianas o pequeñas de barrio, pero en una ubicación muy concurrida y en grandes dimensiones.

Los clientes se sorprenden al ver que cuidamos tanto el fondo y que seleccionamos las novedades que nos gustan, y esa personalización es muy difícil de encontrar en superficies más grandes. Teniendo en cuenta todos estos elementos, nuestro reto diario consiste en fidelizar al cliente que no vive en el centro (y que en su barrio seguramente tiene una buena librería) para que sienta la necesidad de desplazarse a Callao, porque le ofrecemos algo muy acorde con sus necesidades culturales.

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Imagen general de La Central de Callao (Madrid)

Este espacio invita a permanecer, a olvidarse del reloj, a desayunar o pasar la tarde entera ojeando libros. Es un centro cultural con una agenda repleta de eventos, donde incluso se puede cenar o tomar un cóctel. ¿La diversificación de la oferta es la clave para seguir creciendo pese a la crisis?

En efecto, queremos construir una librería en la que nuestro cliente se sienta como en su casa. Para ello es imprescindible una buena oferta gastronómica y una agenda cultural, de formación diversa y en constante renovación. Nuestros cursos, talleres, clubs de lectura, ciclos, debates, conciertos, presentaciones, etc. pretenden convertir la librería en algo más que un sitio donde únicamente comprar libros.

Como fondo documental sois prácticamente infalibles a la hora de ofrecer al lector ese libro difícil que no encuentra por ninguna parte. ¿Es la especialización en Humanidades lo que os permite profundizar tanto?

Por supuesto, es crucial especializarse, seleccionar y filtrar. El año pasado se publicaron 56.000 títulos en España, pero ninguna librería puede asumir ni la mitad de esa producción. Para ello, nuestros libreros construyen un catálogo coherente, exigente y único, para ofrecer la mejor selección sin olvidar el fondo, algo que en otras librerías se ha suprimido por espacio o por rentabilidad.

Nunca hemos creído que la vida comercial de un libro termine en los 3-4 meses de exposición en la mesa de novedades, porque algunas obras merecen la oportunidad de estar accesibles para los lectores siempre. Otro punto fuerte de nuestro catálogo es la importación de libros en otros idiomas (inglés, francés, italiano, alemán, portugués) en todas las materias, así como la gestión de encargos para clientes de libros con poca difusión o difíciles de encontrar.

De un modo parecido a las superproducciones de Hollywood en los cines, los grandes lanzamientos están presentes en cualquier librería. ¿Los best sellers representan la globalización del mundo editorial? ¿Nuestra biblioteca personal se está reduciendo?

No necesariamente. Aunque vivimos en tiempos de fusiones y de grandes corporaciones editoriales, nunca antes habíamos tenido tantas editoriales pequeñas que editan lo que les gusta, con frecuencia a contracorriente de las modas y las tendencias, pero que permiten a los lectores habituales acceder a más libros que nunca. Otra cosa es que en los medios de comunicación, o debido a grandes campañas de marketing, a veces sólo se hable de un libro, y que compradores ocasionales sólo consuman ese libro. A quien le guste leer, podrá construir una biblioteca personal más completa que nunca.

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Soporte digital y soporte papel ¿competencia o convivencia?

¿El libro impreso y la librería tradicional corren peligro frente al ebook y la venta online?

Por ahora la convivencia está funcionando bien. El problema actual no es de formato, sino de piratería y de disminución de ventas. Ante tanta producción, siempre será necesario que un editor o un librero apueste por un autor o una obra, porque el lector necesita de alguien que le guíe. Por ahora, ningún editor se ha atrevido a publicar a un autor de tirón comercial únicamente en formato digital y las ventas en formato digital en la mayoría de casos no representa ni el 1% de las ventas en papel. Y por ahora, casi nadie se plantea leer en ebook un poemario, un cómic, un catálogo de arte o un libro de cocina, así que el papel impreso tiene aún ventaja en algunos ámbitos. En todo caso, si para algo ha servido la llegada del formato digital es para que los editores mejoren la producción en papel: el diseño, la presentación, la calidad del papel, los precios, etc. Deben ser aún más competitivos que antes y eso se consigue haciendo las cosas bien, con profesionalidad.

Para las industrias culturales, este es un momento realmente difícil en nuestro país. A pesar de eso ¿no te parece que también es un momento apasionante?

La producción cultural de este año no es ni mejor ni peor que en los años anteriores. Si la crisis tiene alguna ventaja, es que nos ha obligado a todos a renovarnos forzosamente si queremos seguir vivos. La crisis invita a la renovación, a romperse la cabeza y ser más original, y en eso salimos ganando todos.

A nivel institucional, es cierto que debería reforzarse el fomento de la lectura y las ayudas públicas a la edición académica, si queremos tener una industria competitiva, como ocurre en otros países europeos, para poder exportar a América Latina con solidez, levantar el consumo interior y acabar con la etiqueta de productor cultural caro.

Como modelo de negocio, La Central es un buen ejemplo de adaptación al contexto comercial en el que se desarrolla. ¿Crees que las grandes editoriales están haciendo un trabajo similar? ¿Son flexibles a los cambios?

Las grandes editoriales que han sobrevivido a la burbuja editorial de los primeros años de la década de los 2000 se encuentran con problemas de infraestructura (sueldos altos, cantidad de trabajadores, adelantos desorbitados, inversión en publicidad, etc.) porque no es rentable en el contexto actual. Ahora, el libro más vendido cada semana en España ni llega a la mitad de lo que vendía antes. Algunas editoriales han creído que para suplir esa pérdida debían producir más, es decir, invadir el mercado esperando a que la buena venta de un título lo compense todo.

Les está costando mucho adaptarse a las vacas flacas. Por miedo a perder visibilidad no recortan la producción, siguen publicando títulos ‘de relleno’ que mueren enseguida en los puntos de venta y siguen pagando mucho dinero a viejas glorias o a prometedores autores mediáticos que casi nunca salen rentables. El colapso o la supervivencia, entonces, dependerá de sus accionistas y del dinero que estén dispuestos a inyectar.

El crowdfunding y libro autoeditado han permitido a muchos autores ver su obra impresa. ¿Cómo consideras estos sistemas?

Todo el mundo tiene derecho a escribir un libro y a autopublicarse. El problema surge cuando el autor cree que su libro tiene una salida comercial que en muchos casos no tiene. A diario nos llegan propuestas de este tipo. En la mayoría de los casos la persona que se ha gastado su dinero en escribir y publicar un libro no se da cuenta de que el trabajo del editor y del librero precisamente consiste en seleccionar y filtrar. La única manera de saltarse esos pasos es publicar en internet.

Ahora que la tienda de Callao parece consolidada en el lugar que ocupa ¿qué nuevos objetivos tienes marcados?

Pasado el efecto novedad, ahora tenemos que consolidar a nuestros clientes. Como decía en una pregunta anterior, queremos convertir la librería en una segunda casa para que los clientes sientan la necesidad de visitarnos a menudo, independientemente de dónde vivan. El objetivo es mantener una oferta cultural de alto nivel y consolidarnos como un referente librero en la ciudad.

¿Qué aspecto encuentras más gratificante de tu trabajo?

Hay muchos aspectos gratificantes, pero hay uno que es insuperable: cuando un cliente te dice que ha leído un libro que le has recomendado y que le ha encantado. En ese momento nace una complicidad que como librero te permite compartir tus lecturas con una persona desconocida, pero que está dispuesta a dejarse sorprender porque confía ciegamente en tu labor prescriptiva.

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