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EDITORIAL: Del futuro de los libros a los libros del futuro

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Hace mucho tiempo que vi ‘Fahrenheit 451′ y aunque la recuerdo a medias, no puedo olvidar una escena en concreto. Se trata de la anciana que, cuando ya no puede salvar los libros que escondía en su casa, prefiere arder con ellos. Una quema de libros es la representación perfecta del totalitarismo de una sociedad. Sean el cura y el barbero de Don Alonso Quijano, sean los nazis en la Bebelplatz, nada simboliza mejor la intolerancia y el oscurantismo que una pira de volúmenes en llamas. La censura del fuego es la purga definitiva.

De ‘La máquina del tiempo’ saco a la luz otra escena: en su viaje al futuro, George Wells visita una biblioteca abandonada, donde los libros llevan siglos olvidados en las estanterías y se desintegran con solo tocarlos. Símbolos de la decadencia y la dejadez, las obras que enmohecen sin encontrar lector ocultan el desprecio por la sabiduría. La ignorancia está enraizada en la convicción de que nada pueden enseñarle las experiencias de los demás.

Leer es la llave fundamental para abrir las puertas del conocimiento. En gran medida, la libertad del individuo viene dada por la alfabetización. Aunque el libro cambie de formato, del rollo de papiro al ebook, no existe soporte más eficaz para transmitir el pensamiento.

Si la escritura es el vehículo de la cultura, esforzarse en preservarla es prioritario para todo pueblo que se considere civilizado. Incendiar la biblioteca de Sarajevo o dejar que los tomos se pudran en las de Detroit son diferentes formas de una misma ruina.

Hemos oído esta historia mil veces: en tiempos de crisis, las industrias de la cultura son relegadas a un segundo plano y forzadas a reinventarse. El mundo editorial es uno de los más castigados porque, en cuanto las cosas van mal, la gente enseguida deja de comprar libros. Por otro lado, sigue pendiente una renovación tecnológica inexcusable y encontrar una solución a la piratería. A pesar de todo esto, el factor económico es solo una parte de un proceso más extenso, que afecta a los hábitos de consumo y cambios más profundos en la percepción de la sociedad.

Parece contradictorio que leamos más que nunca ahora que los libros pierden adeptos, especialmente entre los más jóvenes. Prácticamente ya no hay niños que lean por placer. Los libros resultan aburridos si tienen que competir contra medios mucho más inmediatos y estimulantes en proyectar la imaginación. La industria editorial busca adaptarse, creando productos que sigan las nuevas reglas del juego. Se lanzan ediciones de coleccionista que buscan ofrecen un plus a la lectura y los autores escriben best-sellers más trepidantes y adictivos.

En este número de YÉ vamos a hablar del romanticismo del papel impreso, de su textura y su olor, de las ediciones electrónicas, de los viajeros del metro que leen de pie, de nuestros autores favoritos, de paladear un texto al descifrarlo, de las librerías que desaparecen, de sueños, de nostalgia, de esperanza, de futuro y de un mañana incierto.

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