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Teatro sin respuesta

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“Me gustaría tener una respuesta pero no la tengo”, le dice Laura a Àlex en “Humo”. En el “El principio de Arquímedes”, uno de sus protagonistas, Ana, manifiesta con resignación: “Aún ahora me lo pregunto. No lo sé, ni lo sabré nunca”. Y una más, en mi última obra –aún inédita– , cuando su protagonista, ya en las últimas réplicas del texto, concluye: “No se equivoque, yo no tengo la certeza de nada”.

Creo que una de las máximas del hombre, desde tiempos inmemoriales, es este intento de encontrar respuestas, de acercarse a la verdad. Quizás por ello, tengo esta necesidad de escribir sobre aquello que no tengo respuestas; de intentar abrir interrogantes sobre aquello que tengo la seguridad que no sé responder. La incertidumbre es siempre un espacio incómodo y de malestar –es en esa especie de tierra de nadie donde me siento más cómodo como autor y como espectador–. Quizás no llegaremos nunca a encontrar respuestas, pero en su intento se abrirán procesos íntimos y colectivos de análisis y reflexión que, posiblemente, nos transformarán como ciudadanos y sociedades.

Este teatro, quizás desestabilizador y del malestar, me interesa especialmente. Pienso que una de las funciones básicas del teatro –y de muchas manifestaciones artísticas y culturales– es generar debate y reflexión. Pienso que no hay nada más burgués que el teatro para los convencidos, que sirve para reafirmar nuestras convicciones en lugar de ponerlas en duda.

El peor enemigo de la cultura es, sin lugar a dudas, la banalidad y en nuestros días ha encontrado un magnífico aliado en una sociedad sometida a la salvaje dictadura de las leyes de mercado. Es por ello que ser libre se ha convertido en una proeza –me atrevería a decir que una epopeya–, una auténtica heroicidad. Siempre he admirado a esos creadores que han hecho de su obra un acto de militancia, compromiso y ejercicio de libertad con un universo absolutamente personal. Estos días, cuando se cumplen cuarenta años del asesinato de Pier Paolo Pasolini, son un buen momento para recordar su compromiso ideológico y estético –tendría que ser de lectura obligatoria en las escuelas de teatro su Manifesto per un nuovo teatro (1968)–. Su lúcido discurso, crítico y absolutamente profético, nos advertía de los peligros de un sistema cultural secuestrado por el capitalismo, en connivencia con los medios de comunicación, sometidos a múltiples intereses políticos, económicos y religiosos.

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“El principio de Arquímedes”, de Josep Maria Miró

Siento cierta preocupación cada vez que escucho quien afirma con orgullo que escribe para el público. ¿Qué es el público? ¿Quién nos ha hecho creer que existe un concepto de público único, estándar y homogéneo? Pienso que existen múltiples públicos. Y aquí vuelvo a la sabiduría pasoliniana, cuando afirmaba que escribía pensando en un espectador que era él mismo. La afirmación de escribir para el público es una perversión. Se convierte en un sinónimo de hacer concesiones, de primar los términos cuantitativos por encima de los cualitativos –nuestros teatros, públicos y privados– asumen como meta la ocupación de espectadores –a esto le llaman éxito– y la escritura se convierte en esclava de arbitrariedades y otros mecanismos de producción. Este es el peligro que vivimos y tenemos que lidiar día a día, intentando ser personales sin sucumbir a ello. Evidentemente que queremos espectadores, pero sin que el peaje sea nuestra autenticidad. El reto, por tanto, sería conseguir que los espectadores llegaran a nosotros, no llegar a ellos a cualquier precio.

Cada vez tengo más claro que hacer teatro es siempre un acto político. Ideológico. Filosófico. Como lo es vivir, pensar y manifestarnos. Por tanto, sea cual sea el tipo de teatro que queremos hacer, tenemos que ser plenamente conscientes de ello.

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