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EDITORIAL: sus señorías, la pantomima en el estrado

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El logro más importante de la humanidad es el símbolo, la llave que da acceso a todo lo demás. Es el dispositivo que ordena la realidad en un esquema y permite incorporar las experiencias individuales en una memoria colectiva. Es así como el conocimiento sobrevive a sus pensadores, cabalgando sobre las generaciones desaparecidas, a lomos de una cultura ancestral, que crece y se diversifica.

El origen de la primera representación simbólica fue el cuerpo. Cuando bailó, cuando cantó, cuando fingió en público. La primera vez que alguien quiso mencionar algo que no estaba presente, posiblemente intentó imitarlo con gestos. Durante la encarnación de la persona en personaje, el intérprete se convierte en un instrumento creativo, como el médium que se deja poseer por espíritus errantes. Esta metamorfosis puede hipnotizarnos tan profundamente como a los niños los títeres del guiñol.

Al inventar los griegos el teatro, convirtieron el misterio de la religión en un espectáculo moderno. En la escenificación de los mitos, los dioses y los hombres se encontraban para ilustrar las pasiones y los conflictos de la existencia. La dramatización de la vida es una fábula que despierta emociones ocultas, que nos perturba, nos conmueve y nos redime. Como espectadores, nos exponemos al reflejo de nosotros mismos en otras situaciones y a la catarsis de unos sentimientos viscerales fuera de control. Cuando asistimos a una representación, el símbolo deja de ser abstracto para desvelarnos su secreto, mirándonos a los ojos desde el fondo de un pozo.

Pero hoy todo se ha convertido en espectáculo. Ya no sentimos realidades inequívocas, sino sus simulacros colgados en YouTube. Cuando vemos al presidente del Gobierno subir al estrado del Congreso, no nos subyuga el poder manifestándose en la Tierra, personificado en carne y corbata, sino la imagen de un hombre atormentado por las inseguridades, al que le viene grande el rol que debe interpretar. Cuando alza la mano para enfatizar una idea, imaginamos un marionetista entre bambalinas, moviéndole las muñecas dando tirones al hilo. Cuando dice “estoy absolutamente convencido”, intuimos al ventrílocuo que le mete la mano por la espalda y le aprieta el relleno de felpa.

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Si miras con atención, podrás observar que el Hemiciclo es estrictamente un teatro griego, un corral de comedias ocupado por figurantes y actores de reparto, que evolucionan con distinta suerte, subiendo y bajando escaleras, poniéndose y quitándose máscaras. Nada le gustaría más al aprendiz de brujo que dominar el arte de la declamación, de la seducción y de la esgrima. Argumentar su doctrina y convencer al electorado escéptico, dar un golpe en la mesa y someter al enemigo, abrir los brazos como un padre y conquistar el corazón del pueblo, arengar como un mesías y enamorar a los devotos.

La habilidad más codiciada es la que produce afecto, porque todo el mundo aspira a conmover al otro por encima de cualquier cosa. Ahora que, embriagados de imágenes, el mundo prefiere el reality show a la realidad, la franqueza resulta inadmisible si se dice a la cara. Tal vez por eso nos sobrecoja tan intensamente la mirada de las actrices o la voz de los actores frente a nosotros, poseídos por el drama de una ficción más auténtica que la verdad. Quizás este Gobierno no soporte el teatro por algo más perverso que la simple envidia y no le perdone su destreza para revelar las evidencias tan sinceramente, grotescamente acentuadas, reflejadas en un espejo mágico insobornable.

 

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